TULUM,MX.- A las tres de la tarde, cuando la zona hotelera de Tulum debería mostrar parte de su dinamismo turístico, el panorama cuenta una historia muy distinta. Las calles lucen prácticamente vacías, los turistas son escasos y los pocos que se aventuran a caminar contrastan con una larga sucesión de establecimientos cerrados, anuncios de locales en renta y negocios que parecen haberse quedado esperando una clientela que no llega.
El recorrido por uno de los corredores turísticos más emblemáticos del Caribe Mexicano permite observar una realidad que difícilmente se explica con cifras aisladas: la crisis turística de Tulum se ha instalado en sus calles, en sus comercios y en la infraestructura que recibe diariamente a visitantes y trabajadores.
Donde antes predominaban el movimiento de motocicletas, los ciclistas, el tránsito constante y el ambiente cosmopolita que distinguía a este destino, ahora se percibe una tranquilidad inusual. No es la calma propia de un lugar que invita a desconectarse del mundo, sino la de una zona comercial que ha perdido buena parte de su actividad.
Una zona hotelera que dejó de parecer la de un destino internacional
Durante años, Tulum construyó una imagen asociada con playas, hoteles de diseño, restaurantes, establecimientos de lujo y una oferta turística que atrajo visitantes nacionales e internacionales. Su crecimiento lo colocó entre los destinos de mayor proyección de Quintana Roo, con una importante actividad económica vinculada al hospedaje, la gastronomía, el transporte y los servicios.
Sin embargo, el recorrido muestra una postal diferente.
A plena luz del día, los prestadores de servicios turísticos permanecen a la espera de algún cliente. Los negocios que ofrecen recorridos, transporte y experiencias buscan captar la atención de los pocos visitantes que circulan por la zona. Las rentadoras de motocicletas, scooters y patines eléctricos también intentan encontrar clientes en calles donde el movimiento resulta muy inferior al que solía caracterizar al destino.
La escena se repite una y otra vez: establecimientos abiertos con escasa actividad, comercios cerrados y anuncios de renta o venta que se multiplican en las fachadas.
En algunos puntos, la imagen resulta especialmente desalentadora. Hay hoteles que conservan mobiliario y equipamiento a la vista, pero mantienen sus puertas cerradas. No son necesariamente edificios abandonados, sino espacios que parecen haber interrumpido sus operaciones mientras esperan condiciones más favorables para volver a recibir huéspedes.
La diferencia es significativa: la infraestructura permanece, pero la actividad que debería darle vida parece haberse retirado.
De las calles saturadas al silencio que recuerda la pandemia
Quienes conocieron la zona hotelera en sus temporadas de mayor movimiento recuerdan las dificultades para circular durante determinadas horas del día. Las motocicletas y bicicletas formaban parte del paisaje cotidiano, mientras que el tránsito podía convertirse en un problema para residentes, trabajadores y turistas.
Ahora, el escenario es otro.
Los ciclistas son pocos y las motocicletas ya no dominan las vialidades como antes. La presencia de visitantes caminando es limitada y, en algunos tramos, los prestadores de servicios parecen tener más posibilidades de encontrar a un cliente entre ellos mismos que entre los turistas que recorren la zona.
Los llamados jaladores, trabajadores que invitan a los visitantes a entrar a los establecimientos o contratar algún servicio, se mantienen activos. Algunos ofrecen productos para el cuidado de la piel, ungüentos para aliviar las molestias de la exposición al sol o artículos para el dolor de cabeza y la resaca. Otros promocionan transportación, recorridos y diferentes alternativas de entretenimiento.
En una zona donde la actividad económica depende en gran medida del gasto de los visitantes, la escasez de personas caminando se convierte en una señal difícil de ignorar.
El panorama inevitablemente remite a aquellos días de la pandemia, cuando, por razones sanitarias, los destinos turísticos tuvieron que cerrar sus puertas y la actividad quedó suspendida, dejando calles desiertas, negocios en pausa y una profunda incertidumbre sobre el futuro. Aunque las circunstancias actuales son distintas, la quietud que hoy se percibe en varios tramos de Tulum evoca aquella sensación de zozobra, cuando nadie sabía cuándo volvería la normalidad.
Ahora, la incertidumbre vuelve a instalarse entre comerciantes, trabajadores y prestadores de servicios, que observan con preocupación la escasa presencia de visitantes. En medio de ese ambiente persiste, sin embargo, la esperanza de que noviembre marque un punto de inflexión y comience a devolverle movimiento a uno de los destinos más reconocidos del Caribe Mexicano.
Las lluvias agravan el deterioro de la carretera
A la caída en la actividad turística se suma el deterioro de las vialidades, agravado por las lluvias constantes e intermitentes de los últimos días, que por momentos han sido intensas.
La carretera que atraviesa la zona presenta numerosos baches y tramos severamente dañados. El agua ha empeorado las condiciones de una superficie que ya mostraba deficiencias, complicando el tránsito tanto para vehículos como para quienes se desplazan en bicicleta o motocicleta.
La situación ha llegado a tal punto que algunos habitantes se han sumado a labores improvisadas de mantenimiento. Con escombro y piedras rellenan los hoyancos para reducir los riesgos y facilitar el paso de automovilistas y trabajadores.
La imagen de los propios pobladores intentando reparar una vialidad fundamental para la actividad turística refleja otra de las contradicciones de Tulum: un destino reconocido internacionalmente que enfrenta problemas básicos de conservación en uno de sus corredores económicos más importantes.
Los baches no solamente afectan la movilidad. También deterioran la experiencia de quienes llegan a conocer el lugar, dificultan el trabajo de los prestadores de servicios y elevan los riesgos para quienes utilizan las vialidades diariamente.
Negocios que resisten, cortinas que bajan
La crisis también se expresa en los letreros que anuncian espacios comerciales en renta o venta. Aparecen en distintos puntos del recorrido y se suman a una cantidad considerable de establecimientos cerrados.
Detrás de cada cortina abajo puede existir una historia distinta: un negocio que decidió suspender operaciones, un propietario que busca reducir pérdidas o un establecimiento que ya no encuentra condiciones para sostener sus gastos. Sin información financiera de cada empresa, no es posible atribuir todos los cierres exclusivamente a la falta de turistas, pero la coincidencia de estos espacios inactivos con el escaso movimiento observado evidencia un entorno comercial complicado.
Para los negocios que dependen del consumo inmediato, la ausencia de visitantes tiene consecuencias directas. Menos personas caminando significa menos oportunidades para vender alimentos, bebidas, recorridos, transportación, productos y experiencias.
El efecto no se limita a los propietarios. También alcanza a empleados, trabajadores independientes, proveedores y familias que dependen de los ingresos generados por la actividad turística.
En Tulum, donde durante años la expansión turística impulsó inversiones y elevó las expectativas económicas, el contraste entre el crecimiento que alcanzó el destino y la quietud de algunas de sus calles resulta particularmente evidente.
Noviembre, entre la incertidumbre y la esperanza
La escena observada durante el recorrido no permite, por sí sola, establecer la magnitud estadística de la caída turística ni determinar cuánto tiempo llevan cerrados los establecimientos. Para dimensionar el impacto se necesitan cifras actualizadas de ocupación hotelera, llegadas de visitantes, tarifas, conectividad aérea y actividad comercial.
Pero la calle aporta una evidencia que merece atención: en una tarde en la que debería existir mayor movimiento, amplios tramos de la zona hotelera muestran una actividad limitada, mientras los negocios buscan clientes y la infraestructura evidencia necesidades de mantenimiento.
Tulum no solamente necesita recuperar visitantes. También enfrenta el reto de ofrecer condiciones adecuadas de movilidad, servicios e infraestructura, así como un entorno en el que los negocios puedan operar de manera sostenible y los turistas encuentren una experiencia acorde con la reputación internacional del destino.
La recuperación no depende de un solo factor ni puede medirse únicamente por la cantidad de personas que llegan a un hotel. También pasa por la actividad que se genera fuera de sus habitaciones: en los restaurantes, las tiendas, los servicios de transporte, las experiencias turísticas y los pequeños comercios que dan vida al destino.
La expectativa está puesta ahora en noviembre. Para quienes dependen del turismo, el inicio de ese mes representa la posibilidad de que aumente el flujo de visitantes y se reactive una economía que, a juzgar por lo observado en las calles, atraviesa un momento especialmente complicado. Esa esperanza, sin embargo, convive con la incertidumbre de no saber cuándo regresará el movimiento que durante años caracterizó a la zona hotelera.
La combinación de calles vacías, establecimientos cerrados, anuncios de renta y venta y vialidades deterioradas plantea preguntas sobre la capacidad de respuesta de las autoridades y del sector turístico ante un escenario adverso.
Por ahora, el recorrido del equipo de InZoomMX deja una estampa difícil de ignorar. A las tres de la tarde, en una de las zonas que contribuyeron a colocar a Tulum en el mapa turístico internacional, el movimiento escasea, las cortinas cerradas se multiplican y los pocos trabajadores que permanecen en las calles esperan la llegada de clientes.
El paraíso turístico conserva sus edificios, sus comercios y su infraestructura, pero en varios de sus tramos parece haber perdido una parte esencial de lo que le daba vida: los visitantes.
Y mientras las lluvias siguen golpeando una carretera deteriorada y los habitantes rellenan baches con sus propios medios, Tulum enfrenta algo más que una temporada difícil: la incertidumbre sobre su capacidad para recuperar el dinamismo que lo convirtió en uno de los destinos más reconocidos de México.
Entre el silencio de sus calles y la preocupación de quienes viven del turismo, noviembre aparece en el horizonte como una oportunidad para cambiar el rumbo. La pregunta es cuánto tendrá que resistir el destino antes de que esa esperanza comience a traducirse nuevamente en movimiento, empleos y actividad económica. (InZoomMX)



